Autores: Manuel Francisco Díaz, José Luis Urrea y Juan Andrés Cardoso 

Los amaneceres en la Chiquitanía –una extensa llanura del sudeste boliviano ubicada entre el Gran Chaco y la Amazonía– están marcados por una densa capa de humo. Son los vestigios de 3,9 millones de hectáreas de bosques calcinadas (un área equivalente al tamaño de Bélgica) en menos de tres meses.

Al examinar el contexto del territorio es posible entender el porqué: temperaturas que se elevan hasta los 40 grados centígrados, vientos oscilando entre los 60 y 90 kilómetros por hora, y precipitaciones anuales que, aunque considerables, se concentran en cortos periodos del año. Sin embargo, el clima actual no es el único factor: las heladas previas al periodo de sequías, las migraciones y las prácticas culturales son componentes que agudizan el problema afectando la fauna silvestre, la flora –con centenares de especies endémicas–, el ganado y una vasta cantidad de pastizales.

“Algunos factores son más determinantes que otros” apunta Natalia Calderón, directora ejecutiva de la ONG Fundación Amigos de la Naturaleza, quien agrega: “La problemática de la Chiquitanía se explica más por los desmesurados cambios en el uso del suelo y por las inadecuadas prácticas agropecuarias”. La ampliación de la frontera agropecuaria en el bosque seco se verá jalonada principalmente por la ganadería extensiva que, a su vez, es la principal causa de deforestación en la región. Con ello, las fuentes hídricas también sufrirán una reducción, y de por sí, ya son escasas.

Es en este contexto en el que una misión del Programa de Forrajes Tropicales y el sistema de monitoreo terra-i del CIAT llega a la Chiquitanía. Su arribo se da gracias a la gestión de Eirivelthon Lima, especialista sénior en agricultura y recursos naturales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), quien tiene la tarea de buscar soluciones para el desarrollo forestal y agropecuario en el mediano y largo plazo. Pero para ello se precisa de un diagnóstico sólido que permita sugerir recomendaciones para una apropiada recuperación de áreas de pasturas afectadas por los incendios. Pero sobretodo, y con el apoyo de CIAT, dar pautas en innovación y transferencia de tecnología que permitan transformar el sector ganadero boliviano hacia una intensificación ganadera sostenible y adaptada al clima.

Durante los días del 5 al 9 de septiembre la misión recorrió cerca de 1,500 kilómetros para visitar seis de los municipios más afectados. La travesía inicia en San José de Chiquitos, se moviliza rápidamente hacia Roboré y continúa en el camino a San Rafael, San Ignacio y Concepción. Antes de su regreso, la misión visita el municipio de San Javier.

Entre visitas a predios y reuniones con los ganaderos se busca obtener información precisa sobre el estado de los suelos, las pasturas utilizadas –introducidas y/o naturalizadas–, los regímenes de lluvias, sus precipitaciones, y las prácticas de los productores. Los primeros diálogos documentan la velocidad y voracidad de los incendios. “En mi finca los vientos provocaron que en dos horas se quemaran alrededor de tres kilómetros a lo largo de la carretera” dice Rafael Méndez, un productor de Roboré.

La dinámica continúa por los municipios y aparece un primer elemento del diagnóstico: el desconocimiento de las buenas prácticas de manejo de los predios. El chaqueo (la quema de bosques y pastizales para renovar los pastos o ampliar la frontera agropecuaria) es una práctica arraigada y no es algo que se pueda eliminar en el corto plazo. Las técnicas alternativas requieren de un esfuerzo sinérgico y sistémico, como lo explica Juan Andrés Cardoso, líder de la misión por parte del CIAT: “Si la quema como herramienta de restauración de praderas y abrir monte no es un práctica planificada y controlada, hay una alta probabilidad de que ésta se salga de control”.

Mauricio Sotelo, experto en tecnologías forrajeras del CIAT, agrega: “Las malas prácticas ganaderas constituyen un círculo vicioso. La quema descontrolada contribuye a la degradación de los suelos y, por ende, reduce el potencial de producción de forraje. No es de sorprender que los problemas se hagan evidentes en las épocas secas”.

La misión también está acompañada por Oscar Ciro Pereyra, presidente de la Confederación de Ganaderos en Bolivia (Congabol) y de la Federación de Ganaderos de Santa Cruz (Fegasacruz). Ante el apabullante sol del mediodía, Oscar proclama un mensaje a los productores. “Nos encontramos entre lo urgente y lo inmediato: por un lado, necesitamos acabar con el fuego y dar agua y alimento a los animales. Pero no podemos olvidar, ante todo, que debemos procurar la no repetición de estos eventos. Debemos reinventar el sistema productivo hacia formas de producción sostenible; el aprendizaje de las buenas prácticas ganaderas son nuestro objetivo en el horizonte inmediato”.

El mensaje cala entre los productores quienes manifiestan opiniones de un lado y del otro. Algunos, llevados por la urgencia de sus realidades, se concentran en el afán del día a día; reclaman agua, piden la construcción de pozos y alimento para su ganado. Pero algunos otros, quizá más visionarios, se ubican dentro de lo inmediato. “Los cambios deben iniciar desde nosotros, pero necesitamos las herramientas. Es importante que hagan énfasis en capacitaciones y en el tema educativo, así como estrategias para implementar mejores sistemas productivos” dice Jorge Simons, productor pecuario en San Rafael.

Las visitas a los predios amplían el panorama para un adecuado diagnóstico. Los suelos en la gran parte de la Chiquitanía son arenosos, presentan baja fertilidad, tienen un bajo contenido de materia orgánica y son poco profundos. La diversidad de forrajes es limitada, y los que se usan, no son los más apropiados para dicho territorio. Las estrategias de conservación son limitadas: sólo existe una técnica para cosechar agua –el atajado– y el forraje no se conserva en forma de heno o ensilaje. En su lugar, las pasturas son desaprovechadas y permanecen con una gran cantidad de residuos vegetales. Éstos, al secarse, se convierten en material de combustión que, ante la falta de árboles altos, avivan las corrientes de viento y expanden los incendios.

Figura 1. Reservorio de agua artificial (atajado) cerca al municipio de San Rafael. La alta concentración de animales (más de 50) puede contaminar el agua disponible y transferir enfermedades.

Figura 2. Recorrido por un predio ganadero en Roboré

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