Una versión adaptada de esta entrevista al dr. Daniel Debouck, fue publicada en el periódico El País, de Cali, el pasado 28 de septiembre. Encuéntrala aquí

Pudo haber sido un siquiatra, como marcó su examen de vocación cuando finalizaba su bachillerato. También pudo haber sido arquitecto como su padre, pero fue precisamente él quien se lo prohibió, o quizás poeta, como su abuelo, Désiré Debouck –en su honor, una calle en Bruselas lleva su nombre-.

Pero no. También pudo haber estudiado sobre tomate, pero justo cuando el gurú del estudio del tomate le dijo que fuera su pupilo –seguro por haber sacado 20 sobre 20 en un examen sobre fisiología vegetal–la semilla de tomate se agotó. Entonces, ni siquiatra, ni arquitecto, ni poeta, ni tomatero. Unas pocas semillas de fríjol que guardaba el mismo profesor universitario en un cajón de un viejo escritorio fue el pasaporte para ser lo que es hoy: el mejor frijolero del mundo.

Hace seis años cuando ingresé a trabajar al CIAT –y cuando ya se hablaba del retiro de Daniel Debouck– confieso que anhelé esta última entrevista. Y llegó el día de su retiro y llegó el día de mi entrevista.

La charla duró un poco más de dos horas, en un ambiente completamente relajado. Se olvidó por completo de las cajas que todavía le faltaban por empacar con sus miles de apuntes, libros y revistas que inundan su amplia oficina. Ya llevaba 41 cajas, y no iba ni por la mitad. Todas selladas y debidamente identificadas con un número y ese número en una tabla de Excel. Riguroso.

Hubo tiempo para la reflexión, de cómo estamos destruyendo nuestro capital biológico. “A esto no podemos llamarle desarrollo. Es como si nos estuviéramos comiendo lo que nos toca hoy, pero también lo de mañana. Esto no será sostenible”. Crítico.

También hubo espacio para agradecer por sus premios y reconocimientos como la Medalla Frank N. Meyer, un botánico como él, que murió en plena expedición, o también el reconocimiento que le hizo el gobierno de su país que lo honró con la Orden de Leopoldo, la más alta distinción a un belga, o el último, el premio Legado Crop Trust, que lo reconoce como un guardián de la diversidad de cultivos. Pero estos premios, dice, no son solo suyos, son de su equipo de trabajo. Líder.

La nostalgia aparecía por momentos. Esa llegada a Colombia que jamás olvida. Era una mañana de principios de junio del año 77. Llegó a la fría Bogotá, la misma ciudad que lo volverá a recibir muy pronto cuando se dedique de lleno a seguir compartiendo sus conocimientos a los jóvenes. Siempre lo ha hecho, con los miles de visitantes que llegan a su banco de semillas, en los laboratorios con los investigadores, en el campo con los trabajadores, con el público de a pie que lo ha escuchado en las decenas de conferencias que ha dictado en el mundo. Pero ahora, lo hará desde las aulas de la Universidad Nacional. Comprometido.

La entrevista, sin ni siquiera planearlo, la hicimos al aire libre, muy cerca de la gigantesca estructura amarilla que se erige en medio de los cultivos. Él formó parte del selecto grupo que ideó un nuevo banco de semillas para el CIAT, para Colombia, para el mundo. Visionario.

Y hubo lugar para los chistes, porque allí donde lo ven es un científico con un humor muy fino, con frases célebres como “maluco también es bueno”, o “cabeza y manos a la obra”. Se da la libertad de reírse de sí mismo y definirse como “un belga difícil”. Algunos dirían es un “mamagallista”.

Dr. Debouck. ¿Esto será un adiós o un hasta luego al CIAT?

He tenido una experiencia maravillosa en el área de Recursos Genéticos y me voy muy agradecido, por eso puedo decir que es un hasta luego, porque los caminos pueden volver a cruzarse. Cuando es la evolución de una carrera profesional y humana, particularmente, no creo que sea una cosa de ruptura sino de continuidad, de evolución y tratar de seguir avanzando de distintas perspectivas.

Usted vino al CIAT para una pasantía de dos años y se quedó casi 40 años. ¿Qué hizo que se quedara investigando en Colombia?

Al inicio era un trabajo de cooperación entre el CIAT y mi universidad en Bélgica y estaban buscando a un joven emprendedor, con ganas. Tenía que hacer un trabajo especial de mejoramiento que implicaba tener materiales de diferentes especies, pero no tenía el material apropiado y empecé a viajar. Me di cuenta que no conocíamos los cultivos que nos daban nuestros alimentos -aún no los conocemos del todo-. Y del otro lado, que estábamos perdiendo un capital biológico inmenso, una pérdida para la sociedad en América Latina. Necesitábamos hacer algo para conservarlo, documentarlo.

A través de 40 años, gracias un magnífico equipo, sabemos más sobre la diversidad que existe en los cultivos de América Latina y hemos avanzando en el paso a la conservación.

¿Alguna vez pensó en irse del CIAT, regresar a Bélgica?

El clima de Bélgica, es como el de Bogotá, un día fresco, lluvioso, las nubes a la altura de los campanarios, de manera que no es un clima atractivo. Yo le confieso, tengo mucha nostalgia por las 110 clases de cerveza que tenemos en Bélgica, eso sí.

Por ciertas circunstancias tuve la oportunidad de hacer las maletas, pero también tuve la fortuna de volver y de tratar como equipo de construir algo donde necesitábamos del talento y energías de todos.

¿Qué sintió como explorador, como botánico, cuando la Amazonía se estuvo quemando?

Perder o quemar ecosistemas es como tener una biblioteca y que no se hayan leído los libros. Es una tragedia que nos manda un mensaje, usted no puede seguir quemando lo que será su oportunidad económica, laboral, alimenticia de los próximos 4 años y desde la parte científica, es una pérdida neta de oportunidades para el desarrollo futuro de las sociedades humanas.

Dicen que usted es un vestigio del Siglo XIX… totalmente de acuerdo.

Un científico en vía de extinción… absolutamente.

El mejor frijolero… no sé. Le hago una confidencia, es algo raro, que no veo por qué unas cosas buenas del pasado tenemos que sacrificarlas desde el punto de vista de la modernidad, y a cualquier precio. Podemos tener nuevas tecnologías que permitan repensar, acelerar, o comunicar más fácilmente con colegas. Claro que sí estoy de acuerdo, pero no con sacrificar cosas buenas del pasado o de no saber incluir la tecnología nueva para el paso adecuado que le corresponde. Veo que tenemos la tendencia a trabajar por modas y de dejar por fuera ciertos sectores que son claves para un progreso armónico de la ciencia y de su aprovechamiento de parte de la sociedad.

¿Cómo lo convencieron para ser profesor de la Universidad Nacional?

Yo me siento todavía en buena forma. He tenido el privilegio de hablar con los jóvenes e invitarlos a vivir algo parecido a lo que yo he vivido, que son cosas del pasado que no volverán a ver. Las cosas evolucionan, claro, pero si hay algunos jóvenes que los pueda motivar mi experiencia, yo les daré alguna orientación útil y me ayudará a mí también a guardar conceptos claros, a seguir organizando ideas.

¿Será profesor de tiempo completo?

Nooo, no me vaya a pedir que arranque a las 7 de la mañana y estar a las 10 de la noche corrigiendo. Yo estoy súper jubilado.

Estamos aquí sentamos muy cerca del proyecto Semillas del Futuro que usted ayudó a concebir. ¿Cómo ve esta iniciativa?

Es una iniciativa muy interesante. Hace años atrás varios colegas y directivas nos reunimos y coincidimos en que, si después de 40 años un banco de germoplasma sigue operando, pues este debe reformarse o terminarse para dar lugar a un edificio más funcional y moderno. Hemos visto toda una revolución informática que tenemos que integrar dentro del edificio y lograr que sea un edificio ecoeficiente.

No podemos esperar capturar la atención del público hacia nuestro trabajo, si el edificio es tan llamativo como una caja de zapatos. Señores, no tendremos la atención del público, por eso esto debe ser un edificio icónico, como el de Svalbard en Noruega.

 

¿Le gusta cómo está quedando?

Yo tenía dudas o preguntas sobre si sería un banco técnicamente útil para las colecciones, muy seguro para la salud del personal y eficiente desde el punto de vista del costo de operación. Pero sin duda, hay que explicarle al público lo que hacemos, porque la conservación, el estudio de los recursos genéticos de esta diversidad, es para que esto desemboque, y de manera continua, en mejoramientos, en más opciones para el sector agropecuario, para la sociedad colombiana, latinoamericana, global. Y sí, si me gusta como está quedando.

A sus 67 años ¿qué le falta por investigar dr. Debouck?

Todavía me falta mucho. Hay muchas plantas secas a las cuales no he podido ponerle un nombre. Necesito volver a los sitios, tengo muchas preguntas por resolver en las cajas de cartón del trasteo.

Sequías, inundaciones, quemas. ¿Ve un futuro catastrófico o hay esperanzas?

Vamos a tener catástrofes, sí, pero necesitamos una síntesis y no caer en la falsedad de que es únicamente con tecnologías nuevas, que aún no hemos podido comprobar sus bondades, que van a ser la salvación. Creo mucho más en la síntesis de conocimientos tradicionales, de manejos anteriores que han demostrado su potencial y allí, hacer alianzas fuertes con tecnologías nuevas y tener los criterios, no solo científicos, sino sociales, económicos y humanos para hacer la adhesión y la transformación que necesitamos, sino, vamos a un futuro difícil.

Usted es de los científicos que le gusta comunicar su ciencia…

Los científicos se quejan de no obtener el apoyo económico para hacer sus trabajos, y sobre todo en el tema de recursos genéticos que, seamos sinceros, es a largo plazo y la gente no va a ver una consecuencia directa de conservar una semilla. Si los científicos no tienen la paciencia de explicar a los medios de comunicación, que es un canal privilegiado para llegar a la sociedad, entonces de qué se van a quejar.

¿Tiene alguna deuda pendiente con la ciencia?

Con un colega de la Universidad Autónoma de México, tenemos un caso fascinante para los problemas de sequía y calor, asociado con el cambio climático. Es un material encontrado en el año de la Revolución Francesa, en un sector de Guerrero, en México. Y desde ese entonces no lo hemos vuelto a encontrar. Este material lo vi y lo estudié en Oxford, Madrid y Chicago y estuve un par de veces en México. Y eso me queda como nostalgia, me queda como una deuda con esta planta y con México. Lo reconozco, me deja triste.

Y desde lo personal, ¿deja algo pendiente en el CIAT? 

Me gustaría seguir en contacto con mis colegas, pero no soy fanático del correo electrónico, ayuda a evacuar información, pero me parece más importante el sentido de la conversación. Espero que el nuevo edificio Semillas del Futuro tenga un lugar venteado para tomar un café y conversar. Y allí estaré.

¿Cómo se imagina su vida después de dejar el CIAT?

Ya no voy a levantarme a las 4 de la madrugada, pero tengo una fisiología que no puedo dormir con la luz, seguro a las 6 ya estaré despierto. Me tomaré un tinto colombiano para estar en forma, arreglaré el apartamento y luego revisaré las tareas pendientes del día: organizar libros, preparar conferencias, terminar de preparar los cursos para la universidad y volver a estar en contacto con la familia, que confieso, no he estado muy cerca. Añoraba que alguien de mi familia viniera a Colombia y ahora me preparo para recibir su visita. Juntos vamos a conocer este país profundo, que no he tenido el gusto de descubrir.

Íntimo

¿Cuántas variedades de fríjol ha descubierto?
16 especies nuevas y he podido aclarar el pasado, la relación de ancestros, de tres especies.

¿Cuántos premios ha recibido?
Ponga en la respuesta algunos… siguiente pregunta

¿Cuántas publicaciones científicas?
Ya he pasado las cien. Y el mensaje es contundente, hay que seguir.

¿Cuántos libros?
1 y medio. Ahora que tendré las horas, me dedicaré a escribir los cuatro capítulos que me faltan del segundo.

¿Cómo se llamará su nuevo libro?
Tengo dos títulos en el tintero. Se los daré a conocer en su momento a la editora.

¿Cuántas tesis ha dirigido?
Más de la docena.

¿El mejor picante?
Hay una confusión entre la mermelada de fresa y algunos habaneros.

¿Qué libro se está leyendo?
El mundo hasta ayer de Jared Diamond

¿Gabriel García Márquez?
Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto.

¿Qué música escucha?
Me fascina la música del Llano de Colombia. Tengo una buena colección de CD de trompeta barroca, una colección de piano de Chopin. También me gusta Duke Ellington y Louis Armstrong.

¿Aprendió a bailar salsa caleña?
Con ese calor… y uno ahí… no, no.

¿Le gustó el nombre Semillas del Futuro?
Hubiera funcionado también Semillas para el presente.

¿Cómo le pareció el nombre de la nueva especie Phaseolus debouckii que pusieron en su honor?
Era muy difícil echar reversa.

¿Su epitafio?
No lo pienso, me baja la moral. Algunos me han recomendado dejar el testamento, las estampillas de la notaría. Yo no me quiero preocupar por eso, me preocupo por cosas de la vida.

¿Cómo le suena la palabra jubilado?
No comparto la idea de algunos europeos. Es muy importante llegar a la pensión, pero, luego hacer absolutamente nada, me parece un desgaste del talento humano, la cosa más bárbara. Muy triste.

¿Pizza, pasta, o chocolate con un tinto?
Con este calor, chocolate con un tinto y cuando estoy por fuera, papitas con picante.

¿Ya tiene correo personal?
Efectivamente sí.

¿Ahora sí usará WhatsApp?
Eso con qué se come.

¿Qué título le pondría a esta entrevista?
Entrevista a un científico aburridor.

Así despidieron sus colegas al Dr. Debouck.

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